Presentación del Libro de Plaza Vacía: Miércoles 3 de julio a las 20 hs en el Centro Cultural Matienzo (Matienzo 2424 y Av. Cabildo)

domingo, 19 de mayo de 2013

50 poetas de Amsterdam



Rutger Kopland (1934-2012)

 Tiempo

 El tiempo- es extraño, extrañamente bello
nunca llegar a saber lo que es

 y no obstante ¿cuánto de lo que vive en nosotros
es más viejo que nosotros, cuánto nos sobrevivirá?

 como mira un recién nacido, como si contemplara
algo dentro de sí mismo, viera algo allí
que ha heredado

 como mira Rembrandt en sus últimos autorretratos
como si pudiera ver a dónde  se dirige
una lejanía más allá de nuestros ojos
 
es extraño pero también extrañamente bello
pensar que algún día nadie sabrá que hemos vivido

 pensar lo hoy, lo aquí que vivimos, pero también
lo nada que sería nuestra vida sin los ecos
de las honduras desconocidas de nuestro cerebro

 no es el tiempo lo que pasa, sino tú, y yo
fuera de nuestros pensamientos no hay tiempo

 este verano estuvimos en el linde de un valle
a nuestro alrededor tan solo viento.

 
Menno Wigman (1966)
Cuerpo, mi cuerpo

 
¿Cuerpo, mi cuerpo, ¿cuántas manos
De cuántos extraños se te acercaron? Alguna vez

 la muerte fue una mano húmeda de peluquero.
Luego vino el frío helado de un estetoscopio.

 Más tarde te quebraste en una silla de dentista
o te acarició la cabeza un profesor ladino.

 Y después los subtes con su carne agitada,
huestes marginales rozándote como peces

 en comercios, ascensores, callejuelas y vagones,
cuerpo, mi cuerpo, recuerda los olores

 de primeros cuartos y sábanas enamoradas,
la primavera que nacía en nosotros. Porque tenemos

 miedo. Y el temor dura a veces lo que un cuerpo.
Terminaré extendido allí y me peinarán el pelo.

 
En la última Feria del Libro 2013 (Buenos Aires) me choqué con el Café Amsterdam (a mi parecer de lo mejor de ésta última feria) y encontré éste libro “50 poetas de Amsterdam”. Los poemas están en su idioma original (neerlandés) y en castellano y el libro está encuadernado por Eloísa Cartonera!
Para los que estén interesados, pueden descargar el libro en éste link:

http://es.scribd.com/doc/136525462/50-Poetas-de-Amsterdam

Y para los que lo quieran en papel, pueden conseguirlo en www.eloisacartonera.com.ar/
De todas maneras les recomiendo que entren aunque sea a chusmear la página de Eloisa, porque es una iniciativa única!

lunes, 13 de mayo de 2013

Señaladores Plaza Vacía


 
 
Ya están los señaladores del libro de Plaza Vacía! Por ahora sólo en mi librería preferida: “La librería del Ávila”, en la calle Alsina 500 en el barrio de San Telmo, CABA.

domingo, 12 de mayo de 2013

Mes dedicado a Roberto Arlt

 

"Ellas, la madre y la hija, me atarían a sus preocupaciones mezquinas, a su vida sórdida, sin ideales, una existencia gris, la verdadera noria de nuestro lenguaje popular, en el que la personalidad a medida que pasan los días se va desintegrando bajo el peso de las obligaciones económicas, que tienen la virtud de convertirlo a un hombre en uno de esos autómatas con cuello postizo, a quienes la mujer y la suegra retan a cada instante porque no trajo más dinero o no llegó a la hora establecida." (“El Jorobadito”).
"Y de pronto, descubrirá algo que no es la felicidad, sino un equivalente a ella. La emoción. La terrible emoción de jugarse la piel y la felicidad. No en el naipe, sino convirtiéndose usted en una especie de emocionado naipe humano que busca la felicidad, desesperadamente, mediante las combinaciones más extraordinarias, más inesperadas.”
 (“La terrible sinceridad”, Aguasfuertes porteñas)
 

Posted by Picasa

Los Siete Locos



¿Y la idea? ­ Aquí llegamos... Mi idea es organizar una sociedad secreta, que no tan sólo propague mis ideas, si no que sea una escuela de futuros reyes de hombres. Ya sé que usted me dirá que han existido numerosas sociedades secretas... y eso es cierto... todas desaparecieron porque carecían de bases sólidas, es decir, que se apoyaban en un sentimiento o en una irrealidad política o religiosa, con exclusión de toda realidad inmediata. En cambio, nuestra sociedad se basará en un principio más sólido y moderno: el industrialismo, es decir, que la logia tendrá un elemento de fantasía, si así se quiere llamar a todo lo que le he dicho, y otro elemento positivo: la industria, que dará como consecuencia el oro (…)

­“El poder de esta sociedad no derivará de lo que los socios quieran dar, sino de lo que producirán los prostíbulos anexos a cada célula. Cuando yo hablo de una sociedad secreta no me refiero al tipo clásico de sociedad, sino a una súper moderna, donde cada miembro y adepto tenga intereses, y recoja ganancias, porque sólo así es posible vincularlos más y más a los fines que sólo conocerán unos pocos. Este es el aspecto comercial. Los prostíbulos generaran ingresos como para mantener las crecientes ramificaciones de la sociedad. En la cordillera estableceremos una colonia revolucionaria. Allí, los nocivos seguirán cursos de táctica ácrata, propaganda revolucionaria, ingeniería militar, instalaciones industriales, de manera que estos asociados el día que salgan de la colonia puedan establecer en cualquier parte una rama de la sociedad… ¿Me entiende? La sociedad secreta tendrá su academia, la Academia para Revolucionarios (…)
Pero usted, ¿es un cínico o un loco? Erdosain lo miró malhumorado a Barsut. ¿Era posible que fuera tan imbécil e insensible a la belleza que adornaba los proyectos del Astrólogo? Y pensó: "Esta mala bestia le envidia su magnífica locura al otro. Ésa es la verdad. No quedará otro remedio que matarlo." (…)

Y cuando me digo todas estas cosas no estoy triste, sino que el alma se me queda en silencio, la cabeza en vacío. Entonces, después de ese silencio y vacío me sube desde el corazón la curiosidad del asesinato. Eso mismo. No estoy loco, ya que sé pensar, razonar. Me sube la curiosidad del asesinato, curiosidad que debe ser mi última tristeza, la tristeza de la curiosidad. O el demonio de la curiosidad. Ver cómo soy a través de un crimen. Eso, eso mismo. Ver cómo se comporta mi conciencia y mi sensibilidad en la acción de un crimen (…)  
Sin embargo, estas palabras no me dan la sensación del crimen del mismo modo que el telegrama de una catástrofe en China no me da la sensación de la catástrofe. Es como si yo no fuera el que piensa el asesinato, sino otro (…) Yo soy la nada para todos. Y sin embargo, si mañana tiro una bomba, o asesino a Barsut, me convierto en el todo, en el hombre que existe, el hombre para quien infinitas generaciones de jurisconsultos prepararon castigos, cárceles y teorías. Yo, que soy la nada, de pronto pondré en movimiento ese terrible mecanismo de polizontes, secretarios, periodistas, abogados, fiscales, guardacárceles, coches celulares, y nadie verá en mí un desdichado sino el hombre antisocial, el enemigo que hay que separar de la sociedad. ¡Eso sí que es curioso! Y sin embargo, sólo el crimen puede afirmar mi existencia, como sólo el mal afirma la presencia del hombre sobre la tierra. Y yo sería el Erdosain, previsto, temido, caracterizado por el código, y entre los miles de Erdosain anónimos que infectan el mundo, sería el otro Erdosain, el auténtico, el que es y será. Realmente, es curioso todo esto. Sin embargo, a pesar de todo existen las tinieblas y el alma del hombre es triste. Infinitamente triste. Más la vida no puede ser así. Un sentimiento interno me dice que la vida no debe ser así. Si yo descubriera la particularidad de por qué la vida no puede ser así, me pincharía, y como un globo me desinflaría de todo este viento de mentira y quedaría de mí apariencia actual un hombre flamante, fuerte como uno de los primeros dioses que animaron la creación. Con todo esto me he ido a las ramas (…)
Roberto Arlt.

Los Siete Locos



A pesar de todo es necesario injertar una alegría en la vida. No se puede vivir así. No hay derecho. Por encima de toda nuestra miseria es necesario que flote una alegría, que se yo, algo más hermoso que el feo rostro humano, que la horrible verdad humana. Tiene razón el Astrólogo. Hay que inaugurar el imperio de la Mentira, de las magníficas mentiras. ¿Adorar a alguien? ¿Hacerse un camino entre este bosque de estupidez? ¿Pero cómo? (…) Pero a medida que examinaba la vida de los otros hombres, descubrí que vivían aburridos, como si habitaran en un país siempre lluvioso, donde los rayos de la lluvia les dejaran en el fondo de las pupilas tabiques de agua que les deformaran la visión de las cosas. Y comprendí que las almas se movían en la tierra con  los peces prisioneros del acuario (…)
Interesa poco. Lo enorme es esto: La humanidad, las multitudes de las enormes tierras han perdido la religión. No me refiero a la católica. Me refiero a todo credo teológico. Entonces los hombres van a decir: «¿Para qué queremos la vida?…» Nadie tendrá interés en conservar una existencia de carácter mecánico, porque la ciencia ha cercenado toda fe. Y en el momento que se produzca tal fenómeno, reaparecerá sobre la tierra una peste incurable… la peste del suicidio (…)

Eso es lo que ha pasado en realidad con los movimientos revolucionarios de carácter econó­mico. El judaísmo acercó sus narices al Debe y al Haber del mundo y dijo: “La felicidad está en quiebra porque el hombre carece de dinero para subvenir a sus necesidades…” Cuando debió decir que: “La felicidad está en quiebra porque el hombre carece de dioses y de fe”. -¡Pero usted se contradice! Antes dijo que… -objetó Erdosain. -Cállese, ¿qué sabe?… Y pensando, llegué a la conclusión de que ésa era la enferme­dad metafísica y terrible de todo hombre. La felicidad de la humanidad sólo puede apoyarse en la mentira metafísica… Privándole de esa mentira recae en las ilusiones de carácter econó­mico…, y entonces me acordé que los únicos que podían devolverle a la humanidad el paraíso perdido eran los dioses de carne y hueso: Rockefeller, Morgan, Ford… y concebí un proyecto que puede aparecer fantástico a una mente mediocre… Vi que el callejón sin salida de la realidad social tenía una única salida… y era volver para atrás (…)
 
Se ha inventado casi todo pero no ha inventado el hombre una máxima de gobierno que supere a los principios de un Cristo, un Buda. No. Naturalmente, no le discutiré el derecho al escepticismo, pero el escepticismo es un lujo de minoría… Al resto le serviremos la felicidad bien cocinada y la humanidad engullirá gozosamente la divina bazofia (…)
 
En verdad no sé… o … sí, tengo la seguridad de que es por esto. Creo que en el corazón de cada uno de nosotros hay una longitud de destino. Es como una adivinación de las cosas por intermedio de un misterioso instinto. Lo que, ahora me sucede, lo siento comprendido en esa longitud de destino… algo así como si lo hubiera visto ya… no sé en qué parte (…) Yo sí me entiendo. Vea, es así. De pronto a uno se le ocurre que tienen que sucederle determinadas cosas en la vida… para que la vida se transforme y se haga nueva (…)

Roberto Arlt.

jueves, 9 de mayo de 2013

Arlt en Dos






Hasta Septiembre va a estar la Muestra, no se la pierdan si estan de paso por la Biblioteca Nacional!

Museo del libro y de la lengua: Agüero 2502, Ciudad de Buenos Aires, de Martes a domingos de 14 a 19 hs.

domingo, 5 de mayo de 2013

Las Fieras


 
No te diré nunca cómo fui hundiéndome, día tras día, entre los hombres perdidos, ladrones y asesinos y mujeres que tienen la piel del rostro más áspero que cal agrietada. A veces, cuando reconsidero la latitud a que he llegado, siento que en mi cerebro se mueven grandes lienzos de sombra, camino como un sonámbulo y el proceso de mi descomposición me parece engastado en la arquitectura de un sueño que nunca ocurrió.
Sin embargo, hace mucho tiempo que estoy perdido. Me faltan fuerzas para escaparme a ese engranaje perezoso, que en la sucesión de las noches me sumerge más y más en la profundidad de un departamento prostibulario, donde otros espantosos aburridos como yo soportan entre los dedos una pantalla de naipes y mueven con desgano fichas negras o verdes, mientras que el tiempo cae con gotear de agua en el sucio pozal de nuestras almas.
Jamás le he hablado a ninguno de mis compañeros de ti, ¿y para qué?
La única informada de tu existencia es Tacuara. Apretando en el bolsillo un rollo de dinero, entra a la pieza después de las cuatro de la madrugada. El pelo de Tacuara es lacio y renegrido; los ojos oblicuos y pampas; la cara redonda y como espolvoreada de carbón, y la nariz chata. Tacuara tiene una debilidad: es la lectura de la "Vida Social", y una virtud, la de gustarle a los descargadores de naranjas y hombres de la ribera de San Fernando.
Ceba mate mientras yo, espatarrado en la cama, pienso en ti, a quien he perdido para siempre.
Lo dificultoso es explicarte cómo fui hundiéndome día tras día.
A medida que pasan los años, cae sobre mi vida una pesada losa de inercia y acostumbramiento. La actitud más ruin y la situación más repugnante me parece natural y aceptable. Me falta extrañeza para recordar los muros de los calabozos donde he dormido tantas veces.
Pero a pesar de haberme mezclado con los de abajo, jamás hombre alguno ha vivido más aislado entre estas fieras que yo. Aún no he podido fundirme con ellos, lo cual no me impide sonreír cuando alguna de estas bestias la estropea a golpes a una de las desdichadas que lo mantiene, o comete una salvajada inútil, por el solo gusto de jactarse de haberla realizado.
Muchas veces acude tu nombre a mis labios. Recuerdo la tarde cuando estuvimos juntos, en la iglesia de Nueva Pompeya. También me acuerdo del podenco del sacristán. Empinando el hocico y el paso tardo, cruzaba el mosaico del templo por entre la fila de bancos... pero han pasado tantos cientos de días, que ahora me parece vivir en una ciudad profundísima, infinitamente abajo, sobre el nivel del mar. Una neblina de carbón flota permanente en este socavón de la infrahumanidad; de tanto en tanto chasquea el estampido de una pistola automática, y luego todos volvemos a nuestra postura primera, como si no hubiera ocurrido nada.
Incluso he cambiado de nombre, de manera que aunque a todos los que pasan les preguntaras por mí, nadie sabría contestarte.
Sin embargo, vivimos aquí en la misma ciudad, bajo idénticas estrellas.
Con la diferencia, claro está, que yo exploto a una prostituta, tengo prontuario y moriré con las espaldas desfondadas a balazos mientras tú te casarás algún día con un empleado de banco o un subteniente de la reserva.
Y si me resta tu recuerdo es por representar posibilidades de vida que yo nunca podré vivir. Es terrible, pero rubricado en ciertos declives de la existencia, no se escoge. Se acepta (…)
¡Tacuara! ¿A dónde no habré ido con Tacuara?
Por ella conocí el asqueroso aburrimiento complicado con olores de polvo de arroz de los lenocinios de provincias, la regenta en chancletas cuidando un brasero que enceniza el piso de la sala, el mate que rueda lentamente entre las manos de diez rameras pitañosas, el viento que sacude la madera de los postigos porque los vidrios están rotos y se han sustituido los cristales con alambre de fiambrera, mientras llega desde afuera el ruido informe de un carro de ruedas gigantescas, cargado con una pirámide de bolsas de maíz, y el látigo chasquea junto a las orejas de los ocho caballos envueltos en grandes nubes de tierra amarilla.
Por Tacuara conocí los prostíbulos más espantosos de provincias. Aquellos en que la pieza no tiene cama, sino un jergón de chala tirado en el suelo de ladrillos, y mujeres con labios perforados de chancros sifilíticos. He comido sopa de locro y he bailado tangos más siniestros que agonía en salas tan inmensas como cuadras de un cuartel. Había allí bancos de madera sin cepillar y en los rincones negras sosteniendo con un brazo a un recién nacido a quien amamanta con un pecho, mientras que para no perder tiempo con la mano libre le desprendían los pantalones a un ebrio rijoso (…)
En el fondo de los ojos de estos ex hombres se diluye una niebla gris. Cada uno de ellos ve en sí un misterio inexplicable, un nervio aún no clasificado, roto en el mecanismo de la voluntad. Esto los convierte en muñecos de cuerda relajada, y este relajamiento se traduce en el silencio que guardamos. Nadie aún lo ha observado, pero hay días que entre cuatro apenas si pronunciamos veinte palabras (…)
 
Nos comunicamos con el silencio. Un silencio que se descarga en la mirada o en una inflexión de los labios respondiendo con un monosílabo a otro monosílabo. Cada uno de nosotros está sumergido en un pasado oscuro donde los ojos de tanto haber fijado, se han inmovilizado como los de cretinos que miran absurdamente un rincón sucio (…)
Cuando no se juega, los mentones descansan engastados en las palmas de las manos. El cigarrillo se consume lentamente en el vértice de los labios y entonces... cuando menos se espera aparece el sufrimiento sordo, una como nostalgia de las entrañas que ignoran lo que quieren, arruga las frentes, ¡ah! cómo explicar esta desesperación, nos lanzamos a la calle, vamos hacia los departamentos donde nunca falta una atorranta con la cual acostarse, y desfogar babeando en un mal sueño este dolor que no se sabe de dónde viene ni para qué (…)
Y cuando este dolor, que ellos ignoran con qué palabras se puede nombrar, estalla en un corazón, el que permanecía callado barbotea una injuria, y por resonancia los otros también responden, y de pronto la mesa que hasta ese momento parecía un círculo de dormidos se anima de injurias terribles y de odios sin razón, y sin saber cómo surgen agravios antiguos y ofensas olvidadas. Y si no llegan a las manos es porque nunca falta un comedido que interviene a tiempo y recuerda con melifluo palabrerío las consecuencias de la gresca.”

 Roberto Arlt.
 “Las fieras”, El Jorobadito y otros cuentos.

domingo, 28 de abril de 2013

Noche Terrible



“Ricardo Stepens no olvidará jamás esta noche. Y es probable que Julia tampoco, pero por distantes razones que Ricardo. (…)
Mañana me casaré… esto es evidente. Me casaré si esta noche no reviento o escapo. Cortar decorosamente ya es imposible. Mis camaradas han hecho una suscripción, han llegado regalos… mañana recibiremos nuevos obsequios… el eterno juego de té y licores; los cubiertos raros para comer pescados o espárragos… realmente es maravilloso… ¿Qué diría, por ejemplo, una pareja si le regalaran un irrigador o un anticonceptivo?
No puede retener la risa y se retuerce solo en su asiento, mirando el tablero de su mesa (…)
Lo que la gente necesita, es un motivo de conversación. La liebre. Luego con la liebre, ellos se preparan el guiso de su gusto… (…)
Sí, no soy un hombre feroz y aparentemente me comporto como si lo fuera. Las apariencias me condenan, pero yo sudo sangre, y nadie lo barrunta. ¡Nadie me compadece! Es terrible, pero mañana, a las nueve y treinta, cuando Julia vea que no llego, me llamará por teléfono. La dueña de la pensión estará en el mercado y atenderá el aparato esa mala bestia de Cata, que como de costumbre ladrará que no entiende nada. ¡Es fantástico! Aunque la trompeta del Juicio Final sonará en las orejas de Cata, ella no entenderá nada. ¡Es fantástico! ¿Qué tendrá la mujer en los oídos? (…)
A las doce menos cuarto mis compañeros de oficina sonreirán socarronamente, regocijándose en la reconstrucción, por posibilidades y motivo de mi canallería, simultáneamente felices de encontrar un tema de conversación que interrumpa la monotonía de sus vidas, y condenándome al mismo tiempo con un dejo de envidia (…)
 “ ¿Y SI ME CASO?”
– Supongamos que me quede… me case. Mis veinticinco años se convertirán rápidamente en cincuenta (…)
 ¿Casarse? Casarse es una forma de suicidarse. Y no estoy dispuesto a morir; todavía quiero vivir. Cierto que Julia me quiere, pero Julia a su edad, al mismo diablo está dispuesta a jurarle amor eterno. Y si me quiere, es con un amor natural y simple. De la misma manera podría querer a un hombre distinto de mí. (…)
Pensarlo resulta trágico… pero, ¿acaso soy yo el culpable? En cierto modo sí; porque al fin y al cabo, no debí permitir que las cosas llegaran a este punto (…)
Si me caso… Dentro de nueve meses tendré un hijo y dentro de un año haré también lo que hacen todos los hombres casados: mirar a las otras mujeres y cometer sus pequeñas infidelidades (…) Dentro de dos años no cometeré pequeñas infidelidades, sino sabrosos adulterios, actitud que no impedirá  despotricar contra los inmorales que se pavonean con una querida ostensible. Ni vicios ni hipocresía me impedirán ser simultáneamente un buen padre y en rueda de amigos, elogiaré espontáneamente a mis hijos, porque al ventosear ruidosamente o inundar la cuna de pis, compiten con los del vecino (…)
De tanto en tanto, como quien se asoma a la rendija de un sueño a mirar un país perdido y descubre en él neblinas de oro y arboledas musicales, falso espejismo, virtud de todo lo que fue, evocaré los tiempos en que Julia era mi novia, y estas groserías actuales, limadas por los años, sombreadas por la muerte, me parecerán pintados frutos, fragantes dones que por inexperiencia no supe aprovechar (…)
¿Qué debí hacerme estas reflexiones con anterioridad a un compromiso? ¡Oh!, de acuerdo… de acuerdo, ¿pero cuándo se tiene sensación de la cárcel, sino en el momento de trasponer su umbral y tropezar con su férrea puerta? (…)
Estudiemos el asunto desde otro ángulo: ¿Puedo encontrar una  mujer mejor que Julia? Es difícil. Más fácil es que me enamore de una muchacha peor que Julia. Julia y yo somos dos seres de carne y hueso. ¿Por qué entonces me voy a casar con Julia? Por piedad. Para no proporcionarle el monstruoso día de hoy (…) En cambio, si me no me voy y me caso, amontonaré repentinamente mi vida para arrojarla a un tacho de basura y monotonía.
 

  Roberto Arlt.

 “Noche terrible”, El Jorobadito y otros cuentos.

lunes, 8 de abril de 2013

Escritor Fracasado


Nadie se imagina el drama escondido bajo las líneas de mi rostro sereno, pero yo también tuve veinte años, y la sonrisa del hombre sumergido en la perspectiva del triunfo próximo. Sensación de tocar el cielo con la punta de los dedos, de espiar desde una altura celeste y perfumada, el perezoso paso de los mortales en una llanura de ceniza.
Me acuerdo…
Emprendí con entusiasmo el camino de primavera invisible para la multitud, pero auténticamente real para mí. Trompetas de plata exaltaban mi gloria entre murallas de la ciudad embadurnada groseramente y las noches se vestían en los ojos de un prodigio antiguo, por nadie vivido (…)
¡Oh! Aunque no lo creáis, yo también he tenido veinte años soberbios como los de un dios griego (…)
Y viví; viví tan ardientemente durante tantos días y numerosas noches, que cuando quise reparar cómo se produjo el desmoronamiento, retrocedí espantado. Una gotera invisible había cavado en mí una caverna ancha, vacía, oscura (…)
Yo era una esperanza. Y una esperanza sin proporciones es siempre superior a una realidad mensurable (…)
Personalidad extraña y femenina la mía.
Detestaba la felicidad de los simples e ingenuos, y simultáneamente buscaba su compañía, como si ellos, únicamente ellos, pudieran restañar esa profunda ulcera de mi desprecio, vertiendo siempre su pus de egolatría, una podredumbre de veneno dinamita. Con este crecimiento de la vanidad arreció también mi soberbia, y me juzgué intocable, estatua de mármol blanco en la cual era un pecado proyectar una sombra (…)
¿Qué escrúpulo podía impedirme escribir un libro negativo, fabricar algo así como una Eclesiastés para intelectuales sietemesinos demostrándoles con habilidad cuán engañosos resultaban sus esfuerzos frente a la estructura del universo?  (…)
Sustituí mi programa de labor por otro, más tarde éste por un tercero, hasta que rebote de inercia en el pensar, volví sobre mis pasos para enseñarme con el abortado plan del “decálogo de la no-acción”, que tampoco terminé de bocetar, porque la inspiración se me había enfriado (…)
Estas tribus derrotadas socialmente se rigen por leyes especiales y en nuestra esfera de influencia, al novato que llegue se le perdonan sus éxitos antiguos en gracia de su fracaso presente. Vaya lo uno por lo otro. Personalmente el individuo ha muerto como promesa, de acuerdo, pero en cambio, inequívocamente, resucita como fracasado. Y al resucitar como fracasado, tiene derecho al pan y a la sal que en el desierto de la literatura se le ofrece al viajero perdido. Es la hospitalidad brindada al hombre que pudo ser y no es, al desdichado sediento de un poco de solidaridad humana, imposible de encontrar allá, en aquellas alturas territoriales, donde los luchadores se muestran continuamente los dientes y las garras, gruñendo como tigres en celo: esto es mío y lo otro también (…)
Dormí una siesta de siete meses, y despaciosamente mi personalidad adquirió la clásica elasticidad del indiferente.
Y así como aquel que recuerda tiempos de bienestar, no puede sustraerse al orgullo que le causan la comodidad perdida y gozada, y en esta evocación se remoza su soberbia y acrecientan sus pretensiones, conformando a su estado de conciencia la actitud que presentará ante extraños, yo como otros se pintan el cabello teñí mi fracaso. Le otorgué cedula elegante (…)
-¿Para qué afanarse en estériles luchas, si al final del camino se encuentra como todo premio un sepulcro profundo y una nada infinita?
Y yo sé que tengo razón.
 
Roberto Arlt.

 “Escritor fracasado”, El Jorobadito y otros cuentos.

lunes, 25 de marzo de 2013

El cuento de la isla desconocida



Un hombre llamó a la puerta del rey y le dijo, Dame un barco. La casa del rey tenía muchas más puertas, pero aquélla era la de las peticiones. Como el rey se pasaba todo el tiempo sentado ante la puerta de los obsequios (entiéndase, los obsequios que le entregaban a él), cada vez que oía que alguien llamaba a la puerta de las peticiones se hacía el desentendido, y sólo cuando el continuo repiquetear de la aldaba de bronce subía a un tono, más que notorio, escandaloso, impidiendo el sosiego de los vecinos (las personas comenzaban a murmurar, Qué rey tenemos, que no atiende), daba orden al primer secretario para que fuera a ver lo que quería el impetrante, que no había manera de que se callara. Entonces, el primer secretario llamaba al segundo secretario, éste llamaba al tercero, que mandaba al primer ayudante, que a su vez mandaba al segundo, y así hasta llegar a la mujer de la limpieza que, no teniendo en quién mandar, entreabría la puerta de las peticiones y preguntaba por el resquicio, Y tú qué quieres. El suplicante decía a lo que venía, o sea, pedía lo que tenía que pedir, después se instalaba en un canto de la puerta, a la espera de que el requerimiento hiciese, de uno en uno, el camino contrario, hasta llegar al rey. Ocupado como siempre estaba con los obsequios, el rey demoraba la respuesta, y ya no era pequeña señal de atención al bienestar y felicidad del pueblo cuando pedía un informe fundamentado por escrito al primer secretario que, excusado será decirlo, pasaba el encargo al segundo secretario, éste al tercero, sucesivamente, hasta llegar otra vez a la mujer de la limpieza, que opinaba sí o no de acuerdo con el humor con que se hubiera levantado.
Sin embargo, en el caso del hombre que quería un barco, las cosas no ocurrieron así (…)

Qué isla desconocida, preguntó el rey, disimulando la risa, como si tuviese enfrente a un loco de atar, de los que tienen manías de navegaciones, a quien no sería bueno contrariar así de entrada, La isla desconocida, repitió el hombre, Hombre, ya no hay islas desconocidas, Quién te ha dicho, rey, que ya no hay islas desconocidas, Están todas en los mapas, En los mapas están sólo las islas conocidas, Y qué isla desconocida es esa que tú buscas, Si te lo pudiese decir, entonces no sería desconocida, A quién has oído hablar de ella, preguntó el rey, ahora más serio, A nadie, En ese caso, por qué te empeñas en decir que ella existe, Simplemente porque es imposible que no exista una isla desconocida, Y has venido aquí para pedirme un barco, Sí, vine aquí para pedirte un barco, Y tú quién eres para que yo te lo dé, Y tú quién eres para no dármelo, Soy el rey de este reino y los barcos del reino me pertenecen todos, Más les pertenecerás tú a ellos que ellos a ti, Qué quieres decir, preguntó el rey inquieto, Que tú sin ellos nada eres, y que ellos, sin ti, pueden navegar siempre, Bajo mis órdenes, con mis pilotos y mis marineros, No te pido marineros ni piloto, sólo te pido un barco, Y esa isla desconocida, si la encuentras, será para mí, A ti, rey, sólo te interesan las islas conocidas, También me interesan las desconocidas, cuando dejan de serlo, Tal vez ésta no se deje conocer, Entonces no te doy el barco, Darás (…)

Gustar es probablemente la mejor manera de tener, tener debe ser la peor manera de gustar (…)

Tengo, tuve, tendré si fuera preciso, pero quiero encontrar la isla desconocida, quiero saber quién soy yo cuando esté en ella, No lo sabes, Si no sales de ti, no llegas a saber quién eres, El filósofo del rey, cuando no tenía nada que hacer, se sentaba junto a mí, para verme zurcir las medias de los pajes, y a veces le daba por filosofar, decía que todo hombre es una isla, yo, como aquello no iba conmigo, visto que soy mujer, no le daba importancia, tú qué crees, Que es necesario salir de la isla para ver la isla, que no nos vemos si no nos salimos de nosotros, Si no salimos de nosotros mismos, quieres decir, No es igual.


José Saramago


Opinión: http://edant.clarin.com/suplementos/cultura/1999/03/21/e-01501d.htm

lunes, 11 de marzo de 2013

El laberinto de la Soledad



Lo que nos puede distinguir del resto de los pueblos no es la siempre dudosa originalidad de nuestro carácter –fruto, quizá, de las circunstancias siempre cambiantes-, sino la de nuestras creaciones. Pensaba que una obra de arte o una acción concreta definen más al mexicano -no solamente en tanto que lo expresan, sino en cuanto, al expresarlo, lo recrean -que la más penetrante de las descripciones (…)
 
 
La existencia de un sentimiento real o supuesta inferioridad frente al mundo podría explicar, parcialmente al menos, la reserva con que el mexicano se presenta ante los demás y la violencia inesperada con que las fuerzas reprimidas rompen esa máscara impasible. Pero más vasta y profunda que el sentimiento de inferioridad, yace la soledad.
 
El sentimiento de soledad, por otra parte, no es una ilusión –como a veces lo es el de inferioridad- sino la expresión de un hecho real: somos, de verdad, distintos. Y, de verdad, estamos solos.
 
 
En todos lados el hombre está solo. Pero la soledad del mexicano, bajo la gran noche de piedra de la Altiplanicie, poblada todavía de dioses insaciables, es diversa a la del norteamericano, extraviado en un mundo abstracto de máquinas, conciudadanos y preceptos morales (…)
 
 
Nuestras canciones, refranes, fiestas y reflexiones populares manifiestan de una manera inequívoca que la muerte no nos asusta porque “la vida nos ha curado de espantos”. Morir es natural y hasta deseable; cuanto más pronto, mejor. Nuestra indiferencia ante la muerte es la otra cara de la indiferencia ante la vida.

 
El valor de un espíritu, decía Nietzsche, se mide por su capacidad para soportar la verdad.

 Octavio Paz

martes, 15 de enero de 2013

El hombre enfundado

 


Iván Ivanovich, alto, enjuto, entrado en años, canoso, bigotudo, fumaba su pipa sentado junto a la puerta abierta de la porchada. La luz de la Luna le daba de lleno en el rostro. Burkin yacía sobre un montón de heno, en el fondo del aposento, sumergido en la oscuridad.

Hablaban de la alcaldesa, Mavra, una mujer fuerte y despejada, que no había salido en toda su vida de la aldea y no había visto nunca la ciudad ni el ferrocarril. Hacía algunos años que sólo salía a la calle por la noche.

- No tiene nada de extraño -dijo Burkin-. Hay entre nosotros mucha gente que ama la soledad y que se complace en permanecer siempre en su concha, como los caracoles. Acaso se trate de un atavismo, de un retorno a la época en que nuestros ascendientes aún no eran animales sociables y vivían aislados en sus cavernas. Quizás sea ésa una de tantas variedades de la naturaleza humana. ¡Quién sabe! Yo no me dedico al estudio de las Ciencias Naturales, y no tengo la pretensión de resolver tales problemas. Quiero decir tan sólo que hay mucha gente como esa pobre Mavra. Hará unos dos meses murió en la ciudad un tal Belikov, compañero mío de profesorado en el Liceo, donde explicaba griego. Habrá usted oído hablar de él. Llegó a adquirir, por sus costumbres, cierta celebridad. Siempre, aunque hiciera un tiempo espléndido, llevaba chanclos, paraguas y un abrigo con forro de algodón. Se diría que todas sus cosas estaban enfundadas: cubría su paraguas una funda gris, llevaba el cortaplumas en un estuchito, hasta su rostro, que ocultaba casi por entero el cuello de su abrigo, parecía enfundado también. Llevaba siempre gafas ahumadas, chaleco de franela y unos tapones de algodón en los oídos. Cuando tomaba un coche hacía al cochero levantar la capota. En fin, procuraba siempre envolverse en algo que le ocultase, meterse, por decirlo así, en una funda, para aislarse, separarse del mundo entero, defenderse de las influencias exteriores. Era esto en él una tendencia apasionada, irresistible. La vida real lo irritaba, lo asustaba, le inspiraba una angustia constante. Quizás para justificar este odio, este miedo a cuanto lo rodeaba, siempre estaba haciéndose lenguas de las excelencias del pasado, encomiando las cosas que no existían en realidad. El griego que explicaba era para él también como unos chanclos o un paraguas con que se defendía de la vida real. «¡Qué sonora, qué melodiosa es la lengua griega!» -decía con voz suave.

Y en apoyo de su afirmación guiñaba un ojo, levantaba el dedo y pronunciaba: «¡Antropos!»

Belikov procuraba enfundar asimismo su pensamiento. Lo único comprensible y claro para él eran las circulares gubernativas en que se prohibía algo y los artículos periodísticos en que se aplaudían las prohibiciones. Cuando una circular prohibía a los colegiales salir a la calle después de las nueve de la noche o cuando un artículo periodístico tronaba contra la ligereza de las costumbres, la cosa para él era clara, indiscutible: ¡Está prohibido, y se acabó! Pero cuando leía que se autorizaba esto o lo otro, veía en ello algo sospecho y extraño. (…)
¡Dios mío, cuántas tonterías, cuántas estupideces se hacen en provincias sólo para pasar el rato; cuántas cosas inútiles, y a veces absurdas, se inventan sin otra razón que no tener qué hacer! ¿Cómo demonios se nos ocurrió la idea de casar a Belikov, a quien ni siquiera se podía uno imaginar en el papel de marido, de padre de familia? Y no obstante, todo el mundo se aplicó con ardor a la realización del proyecto. La directora, la inspectora y las mujeres de los profesores se animaron de pronto, y hasta se embellecieron, como si hubieran encontrado súbitamente un ideal que llenase su vida. (…)
 
Confieso que enterrar a gente como Belikov constituye un gran placer. Aunque al volver del cementerio se pintaba en nuestros semblantes la tristeza, como es de rigor en ocasiones semejantes, aquello era una máscara que ocultaba nuestro contento; todos nos sentíamos muy felices, como en nuestra infancia, cuando las personas mayores se ausentaban y nos dejaban por algunas horas o por algunos días en plena libertad. ¡Ah, la libertad! ¡Qué tesoro! Sólo una ligera alusión a la libertad, la vaga esperanza de ser libres, da alas a nuestra alma.
Sí; volvimos del cementerio de muy buen humor, esforzándonos en ocultarlo.

Los días se deslizaron. La vida siguió su curso habitual: aquella vida severa, fatigosa, estúpida, entorpecida por toda suerte de prohibiciones, privada de libertad. La muerte de Belikov no la hizo más fácil; Belikov había muerto; pero ¡cuántos hombres enfundados existían aún sobre la Tierra y habían de existir durante mucho tiempo! (…)
- Sí, el pobre Belikov -dijo Iván Ivanovich- era un hombre enfundado... Pero nosotros, que vivimos en esa abominable ciudad, en sucias y estrechas casas, entre papeles inútiles y, con frecuencia, estúpidos, que jugamos a las cartas, ¿no estamos también enfundados? Nosotros, que pasamos la vida entre gandules y parásitos, entre gentes ruines y mujeres ociosas y necias, ¿estamos más al aire libre?... Si quiere usted, le contaré una historia muy interesante a este respecto...

- No, es hora de dormir -contestó Burkin- ¡Hasta mañana!

Entraron en el porche y se acostaron sobre el heno.

- ¡No es nada feliz nuestra vida! -suspiró Iván Ivanovich, volviéndole la espalda a Burkin-. Sólo vemos en torno nuestro embusteros e hipócritas, y hay que soportar todo eso; no hay bastante valor para decirle a un idiota que lo es ni para decirle que miente a un embustero; no nos atrevemos a declarar abiertamente que toda nuestra simpatía la merecen los hombres honrados y libres, que, a pesar de todo, en alguna parte han de existir. Mentimos, nos humillamos, sonreímos, cuando de buena gana maldeciríamos, y todo por tener un pedazo de pan, una vivienda, lo que se llama, en fin, una posición. ¡Verdaderamente esta vida es una porquería!

- Eso es ya alta filosofía -repuso, Burkin-. Más vale dormir...

Momentos después roncaba.
Antón Chéjov.

*Para mi tocaya, la más triste que conocí.

martes, 1 de enero de 2013

Dietética



Hay que ingerir distancia,
lanudos nubarrones,
secas parvas de siesta,
arena sin historia,
llanura,
vizcacheras,
caminos con tropillas
de nubes,
de ladridos,
de briosa polvareda.
Hay que rumiar la yerba
que sazonan las vacas
con su orín,
y sus colas;
la tierra que se escapa
bajo los alambrados,
con su olor a chinita,
a zorrino,
a fogata,
con sus huesos de fósil,
de potro,
de tapera,
y sus largos mugidos
y sus guampas, al aire,
de molino,
de toro...
Hay que agarrar la tierra,
calentita o helada,
y comerla
¡comerla!

 Oliverio Girondo.

 *Que tengan todos un gran 2013!
 
 
 
Imagen: Ruta 9 entre Salta y Jujuy, fotografía tomada
por Lucía Jobe en diciembre de 2012.

lunes, 17 de diciembre de 2012

Mañanas Sociales


Como un sueño reiterado, las estudiantes de Sociales o Filo y Letras, se levantan a desayunar en mi casa. Esas mujeres nacen con el derecho adquirido al desayuno, nunca las echaría en mitad de la noche. Por más que sepa que recorren tantas otras camas, ellas emanan vitalidad, tienen ideas tan fuertes y se indignan ante la realidad de una manera tan sincera, que el sexo con ellas pasa a ser secundario en su compañía. Para mí, desayunar con una de ellas, es como agregarle a las tostadas el gustito a un Le Monde escrito en el conurbano.
Esta chica “Social” de turno, se levanta antes que yo y todavía despeinada, con un rodete hecho con su propio pelo, enciende mi I pod y pone Onda Vaga, al ritmo que se enciende uno con las flores que le regaló su amiga.
Se pone mis Topper celestes, seis talles más grandes que su piecito 36, y con esa bombacha blanca de algodón va desfilando con su culito perfecto por mi departamento de soltero que gana un sueldo promedio.
Y la veo allí, con sus tetitas sin pechos, registrando impulsiva en un anotador, no sé si una frase para el comunicado del partido, o una poesía para la revista de la facultad, o si simplemente está dibujando.
Se adueña de la cocina y empieza a preparar cualquier cosa que recargue nuestras energías. En este caso, recalienta un arroz con pollo de ayer, sin microondas; y le doy de tomar vino orgánico de una cooperativa de San Juan, y compartimos el ser nacionales y populares.
Y el fantasma de esa otra, aquella burguesita que no comprende mi mundo, que lo destruyó y que me mira inquisidora, esa imagen, por suerte, lentamente va desapareciendo.
Mientras, le hablo a mi canario “Oesterheld” y la política se infiltra en el arroz amarillo. Somos nosotros dos, y el aire que da sustancia a esos temas nunca pasados de moda, interminables desde que nací: el debate entre unitarios y federales, peronistas anti peronistas, el Mayo Francés, el Cordobazo, la dictadura, el hambre y los 90s. Esa historia que le da sentido a nuestro presente y condimenta un almuerzo, hecho desayuno, que va durar sólo una hora.
Mi chiquita de 23, en ese cuerpo, aunque podrías estar en otros tantos, sos una y me representás decenas. Mis mujeres sociales son todo un target: aunque ellas se crean únicas.

Plaza Vacía.


martes, 11 de diciembre de 2012

Ampliación del campo de batalla


 
No pude contestarle, claro; pero volví al hotel bastante pensativo. Definitivamente, me decía, no hay duda de que en nuestra sociedad el sexo representa un segundo sistema de diferenciación, con completa independencia del dinero; y se comporta como un sistema de diferenciación tan implacable, al menos, como éste. Por otra parte, los efectos de ambos sistemas son estrictamente equivalentes. Igual que el liberalismo económico desenfrenado, y por motivos análogos, el liberalismo sexual produce fenómenos de empobrecimiento absoluto. Algunos hacen el amor todos los días; otros cinco o seis veces en su vida, o nunca. Algunos hacen el amor con docenas de mujeres; otros con ninguna. Es lo que se llama la "ley del mercado". En un sistema económico que prohibe el despido libre, cada cual consigue, más o menos, encontrar su hueco. En un sistema sexual que prohibe el adulterio, cada cual se las arregla, más o menos, para encontrar su compañero de cama. En un sistema económico perfectamente liberal, algunos acumulan considerables fortunas; otros se hunden en el paro y la miseria. En un sistema sexual perfectamente liberal, algunos tienen una vida erótica variada y excitante; otros se ven reducidos a la masturbación y a la soledad. El liberalismo económico es la ampliación del campo de batalla, su extensión a todas las edades de la vida y a todas las clases de la sociedad. A nivel económico, Raphaël Tisserand está en el campo de los vencedores; a nivel sexual, en el de los vencidos. Algunos ganan en ambos tableros; otros pierden en los dos. Las empresas se pelean por algunos jóvenes diplomados; las mujeres se pelean por algunos jóvenes; los hombres se pelean por algunas jóvenes; hay mucha confusión, mucha agitación (…)

Veronique estaba “en análisis”, como suele decirse; ahora me arrepiento de haberla conocido. Hablando en general, no hay nada que sacar de las mujeres en análisis. Una mujer que cae en manos de un psicoanalista se vuelve inadecuada para cualquier uso, lo he comprobado muchas veces. No hay que considerar este fenómeno un efecto secundario del psicoanálisis, sino simple y llanamente su efecto principal. Con la excusa de reconstruir el yo los psicoanalistas proceden, en realidad, a una escandalosa destrucción del ser humano. Inocencia, generosidad, pureza… trituran todas estas cosas entre sus manos groseras. Los psicoanalistas, muy bien remunerados, pretenciosos y estúpidos, aniquilan definitivamente en sus supuestos pacientes cualquier aptitud para el amor, tanto mental como físico; de hecho, se comportan como verdaderos enemigos de la humanidad. Implacable escuela de egoísmo, el psicoanálisis ataca con el mayor cinismo a chicas estupendas pero un poco perdidas para transformarlas en putas innobles, de un egocentrismo delirante, que solo suscitan un legítimo desagrado. No hay que confiar, en ningún caso, en una mujer que ha pasado por las manos de los psicoanalistas. Mezquindad, egoísmo, ignorancia arrogante, completa ausencia de sentido moral, incapacidad crónica para amar: éste es el retrato exhaustivo de una mujer “analizada”.
 
Michel Houellebecq
 
 
*Para Javier, como agradecimiento, y para que encuentre
 aquí rápidamente algunos de sus párrafos preferidos.

viernes, 30 de noviembre de 2012

Rayuela 7 o las letras que componen tu nombre

Reproduzco un regalo inesperado...



Esta vez quise sorprender a mi amiga con un regalo diferente. A decir verdad, cada 30 de noviembre de cada año, desde hace 10 que nos conocemos; me encuentro ante el desafío de encontrar el regalo perfecto para ella. Aún continúa pendiente el obsequio del año pasado. Una cita de Saramago que nos llevará al mundo de las sensaciones en la oscuridad.
En esta ocasión, como antesala de la edición de su propio libro, me tomé el atrevimiento de escribir algunas líneas para la agasajada y entregarle la séptima Rayuela. Confieso que este atrevimiento va en contra del libre albedrio propuesto por Plaza Vacía, el cual podría considerarse un despropósito de mi parte, pero sabiendo la relevancia de los lazos de amistad que nos unen, de una manera particular, sospecho la alegría que manifestará cuando el regalo sea revelado. Es por ello que el posteo de hoy tiene una dedicatoria especial.
Siete es el número de la Rayuela que te entrego y siete es el número que representa los días de la semana, las notas musicales y los pecados capitales. Son siete los bastiones de la sabiduría de la antigua civilización griega y el siete es a la religión católica, judaica y budista, un símbolo sagrado. Y para mi sorpresa, como si maravillosamente existiera una perfecta relación entre la concurrencia de los números y la armonía en el universo, descubrí que siete son las letras que componen tu nombre, el titulo de esta obra cortazariana que me lleva hacia vos y la banda de música que más te gusta.
Para quienes te conocemos, cada una de las rayuelas que escribiste son parte de tu propia existencia, donde el personaje central de la historia sos vos que se enfrenta a su yo interior. Las rayuelas que escribiste son la imagen que refleja la permanente búsqueda que te caracteriza. Una búsqueda donde han convivido durante su corta vida, paradójicamente, verdades absolutas antagónicas y las pasiones más variadas (…)
Sin traer a debate las diferentes acepciones que pudieran contener la palabra perseguir, en muchos casos con significados peyorativos, Cecilia es perseguida y perseguidora a la vez. A ella la persiguen los miedos a la locura hereditaria, las dudas existenciales, los estereotipos socialmente impuestos y su Edipo.
Pero al mismo tiempo, Cecilia se ha convertido en una perseguidora inalcanzable de su propia identidad. Y en un intento de dar pelea al orden establecido, como en un eterno retorno, su entidad permanentemente se redefine, se dice y contradice y vuelve a empezar. Donde los claros y oscuros y en algunos casos, los matices, dan las distintas tonalidades a su existencia. Un ser que comprometida desde lo intelectual con la humanidad, su mundo es una tragicomedia que se rige por las leyes de las pasiones y el impulso irracional que la libere de sus propias ataduras.
Aún conservo en mi correo electrónico de fechas pasadas y algunos que otros papeles en mi mesa de luz, varios de sus escritos que dan testimonio de ese don que tiene para la pluma y que me deleita al leerla.

Ceci, amiga fiel, te has convertido en una de mis escritoras predilecta y es por la confianza depositada en tu nombre que hoy escribo para vos.

 Agustina Martín